martes, 13 de septiembre de 2011

Cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia. Hay que leerlo mientras se oye de fondo la canción de Camilo Sexto: Algo de mí...



Perdóname, perdóname, ya se que te dije que no te escribiría más. Esta será mi última carta. Perdóname, una vez más, no puedo evitar volver a escribirte, entiende que tenga tantas cosas que contarte. Solo tengo que cerrar los ojos y volver a imaginar una vez más... que me lees...

¿Cúanto tiempo hace ya? Años, pero a mí me parece que fue ayer. Anoche cuando nos despediamos mirándonos a los ojos y diciéndonos, sin hablar todo lo que sentíamos. Siempre imaginé que estabas bien, lo imaginé o lo quise creer así. También me imaginaba que tu sabías como estaba yo y, que incluso te alegrabas al saber de mí. Recuerdas al principio de nuestra relación, que lo dejábamos, con lágrimas y todo y al día siguiente estábamos otra vez juntos.

Vivo en Madrid desde hace diez años, fíjate al final acabé donde menos creía que terminaría. Pero qué bonito es Madrid y cómo me recuerda a ti, cuando paseo por sus calles, todo, absolutamente todo me recuerda a ti. Los cafés, los museos, el Corte Inglés, la estación desde la que te recibía y te despedía también, nuestra casa, todo forma parte de ti y de mí.

¿Qué quieres saber? Después de tanto tiempo... Si. Soy feliz, estoy bien. Todo lo bien que se puede estar sin tener al lado a la persona que amas. De alguna forma te lo he dicho, tu eres como mi ángel confesor y no puedo evitar contarte todo lo que me pasa. Ya sabes que la felicidad, como todo lo demás es efímera y podemos ser más o menos felices y poco más. La ilusión se la crea uno mismo. Nos creamos espectativas hacia los demás y esperamos, nos imaginamos lo que queremos que nos pase y esperamos, con los sueños, esperamos. El final generalmente es menos estrepitoso y generoso de lo que nos hemos imaginado. Después de esperar cualquier cosa nos parece buena. Y después vuelta a empezar. ¿LLenarse y vaciarse, recuerdas? Siempre es lo mismo, cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo, estamos luchando con nuestra mente para seguir adelante y no mirar atrás. Y no te digo ya... cuando pasan los años y los sueños se van quedando en el camino. Tu que tienes hijos sabes a qué me refiero. Llega un momento en el sueñas a través de ellos y casi te conformas con ver su felicidad. Cómo vamos cambiando con el paso del tiempo y conformándonos cada vez con un poquito menos...

Pero yo me niego, me revelo y lucho cada día conmigo mismo y algunas veces con los que tengo mas cerca... para intentar ser feliz. Tu me decías siempre que cuando estamos con alguien la felicidad no depende de uno solo, que hay que saber compartirla y dosificarla. También me decías que las penas, la soledad y los fracasos también son menos dolorosos si podemos compartirlos. Cuanta razón tenías y cuantas veces me he acordado de ti pensándolo. Tú que elegiste vivir en soledad y cargar con todo lo bueno y lo malo que la vida de ofreciera.
Te fuiste y no miraste atrás. Ahí me quedaba yo y seguramente muchos mas recuerdos, que nunca quisiste llevarte contigo.
Al principio del fin. Los primeros meses y semanas después de irte, me vas a perdonar pero...
Llore tanto, sentí tanto dolor, no podía imaginar la vida sin ti. Imaginé que seguíamos juntos. Si, ya sé que debo estar loco, pero era la única forma, precisamente de conservar la cordura. Y durante días y días te llamaba sin marcar tu número y hablaba contigo, después de colgar y sin esperar a que contestaras. Te escribía sin escribirte y llenaba hojas y hojas, las llenaba de letras llenas de amor y de ternura hacia ti. Emails que guardaba en la carpeta borrador. Nunca un reproche, nunca un adiós. Siempre un hasta mañana cariño.
Durante todo aquél tiempo, no llegué a enviar ninguna carta y por supuesto, jamás llegué a hablar contigo por teléfono. A pesar de haber marcado tu número mil veces...

Mi corazón se cerró despacio, a mi angustia le costó un poco más. En mi locura, jugaba a pensar que de pronto estabas y de pronto te habías ido. Tu ropa seguía en el armario, tus zapatillas debajo de la cama y tu cepillo de dientes, junto al mío. Por momentos te imaginaba "fuera" bastante lejos y por eso no me escribías ni llamabas. No sabrás ni podrás imaginar nunca cuanto dolor llegué a sentir. Cuantas lágrimas derramé día tras día.
De pronto hablaba contigo como si estuvieras a mi lado, lo mío me costo, que no me oyeran los vecinos. Alguna vez incluso puse el plato en la mesa para ti... por si volvías.

Una mañana me dí cuenta de pronto, de que había pasado ya casi un año y que el primer pensamiento al levantarme, ya no eras tú. Eso me dolió aún más, ¿cómo podía haberte olvidado tan deprisa? Sentía que me estaba engañando a mí mismo. Al final me acostumbré, te das cuenta... Solo recordaba lo bueno de ti y de pronto empecé a buscar en mi memoria a ver... qué sacaba de malo, más que nada para justificar mi triste olvido. Pero me fue imposible, no encontré nada de nada. Y ahí me quede solo con tu imagen y tu dulzura para conmigo. !Cuantas noches me acostaba pensando que estabas a mi lado y nos dormíamos juntos¡

Lo siento, ya sé que siempre me dijiste que hay que estar cuerdo y no soñar con imposibles, pero la cuerda siempre fuiste tú. Yo, con ser el soñador ya tenía bastante. Recuerdo cuando me escribías esas largas cartas, desde la habitación de al lado. Unas veces era para decirme cuanto me querías y otras para hacerme algún que otro reproche... que si no me escuchas cuando te hablo, que si no me has mirado al irte, que si no me has preguntado cómo estoy... pequeñeces pensaba yo entonces. Pero con el tiempo me dí cuenta de lo importante que eran para ti y porqué tu necesidad de decírmelas. Siempre te leía, siempre, lo juro por lo más sagrado. Hubiera sido incapaz de borrar ningún correo tuyo sin leerlo. Cada palabra tuya, cada frase la dejaba grabada en mi memoria para siempre. Y corría a disculparme, aunque no siempre lo conseguía, ni tenía muy claro porqué debía hacerlo. Pero, tengo que reconocerlo, no podía verte triste. Tú ponías, morros... y me costaba un poco más. Al final, siempre volvías a sonreír y ahí se acababa el problema. Por aquél entonces yo andaba preocupado con nuestras finanzas, por el trabajo que no acababa de afianzarse. Tanto tengo, tango valgo me días tu... y reías y reías. Para ti la vida era algo especial que llegaba cada mañana y discurría, sólo había que recibirla y vivirla de pleno...

Gracias por enseñarme tantas y tantas cosas. Esta carta si que te la enviaré, por correo y por email y también te llamaré por teléfono al móvil y al fijo y... te juro que lo haré, sobre todo porque sé que aunque quieras ya no podrás contestarme. Solo quiero despedirme, no podía irme sin decirte adiós y sin darte las gracias por todo tu amor hacia mí. Por el que me diste estando conmigo y por el que yo me "inventé" durante tanto tiempo. !Que tanto bien me hizo en aquellos momentos¡
Te preguntarás a dónde voy. Eso no importa, yo ahora soy etéreo para ti como tú lo has sido para mí durante durante tantos años. !Qué importa dónde este físicamente! O qué importa si tú no estás físicamente a mi lado. Pero vuelvo a necesitar saber dónde estás ahora. Si ese lugar existe y vas... búscame, porque ahí estaré. Imagina que he muerto también en el mundo de los sueños.

Ahora, que se dónde estas e incluso puedo ir a verte y llevarte flores... rosas amarillas que son las que te gustan. Ahora si que puedo escribirte y llevarte las cartas, porque de alguna forma al irte has vuelto a mí para siempre.
Te quiero.