lunes, 29 de junio de 2009

Cómo pasar de un nudo en la garganta a un nudo en el estómago…

Es muy fácil, se trata de acumular “tropecientos” nudos de garganta que no se han podido “disolver´” por sí mismos y… dejarlos caer en el estómago. Aquí el problema es, que es más fácil disolver un nudo de garganta que un “meganudo” de estómago.
Si te quedas quieto, es lo peor que puedes hacer, porque entonces el “meganudo” se aposenta de tal forma que hasta puede llegar a solidificarse. Yo lo que suelo hacer es moverme, ir de un lado a otro, organizar mil cosas para hacer y no hacer, planificar los noventa días próximos venideros. Todo esto para no pensar -en el meganudo-. Lo malo es que si no consigues ablandarlo y que se disuelva y evapore por sí mismo, cada día que pasa, o incluso cada hora o minutos, se hace más fuerte. Algunas veces hay que llorar, me parece a mí que el salitre de las lágrimas es de lo mejor para ablandar meganudos, Pero en todo caso, lo mejor que hay es hablar con el corazón. Mientras se habla con el corazón el meganudo se pone muy tierno y blandito, si por el contrario se utiliza la mente -aunque sea un poco- se vuelve duro y gris. En este complicado proceso de -destrucción meganudil- puede ocurrir que uno pase de la risa al llanto sin querer, esto es debido generalmente e la tensión que se produce intentando controlar los pensamientos. Si es que yo creo que en el fondo es mejor no controlar nada, que si aparece un nudo en la garganta deberíamos dejarlo hacer, porque está ahí por algo, digo yo… y si no se va y luego aparece un meganudo, pues será lo mismo, sigo diciendo… mejor dejarlo estar. Aceptarlo como una realidad, no luchar contra él, ni contra los pensamientos, ni contra los sentimientos. Simplemente fluir… incluso llorar si hace falta, por lo del salitre. Después de todo, un “meganudo” no es un ente, es más bien como una célula, que nace, se reproduce y muere. Lo importante sería saber por qué pasa, para evitar que pase, simplemente. Después de todo, hasta tener “meganudos” es algo natural.

jueves, 4 de junio de 2009

El mundo sin límites...





El mundo, lo miremos como lo miremos no tiene límites. No hay un marco rígido que nos imponga una limitación. Ni al mundo que vemos, ni a nuestros sueños, ni realidades. Muchas veces somos nosotros mismos los que nos “limitamos”. Nuestros miedos, reales o no, están ahí y se convierten aún incluso sin quererlo nosotros, sin ser conscientes, se convierten en nuestro mayor enemigo. El mundo, no solo es ilimitado en toda su extensión, es mucho más… es en realidad, tan grande e inmenso como podamos imaginarlo. Es decir: es infinito. Igual que infinitas son nuestras posibilidades para ilusionarnos o entristecernos o volvernos a ilusionar, o no… No podemos justificar lo bueno y lo malo que nos pasé solo a la mala suerte o simplemente, a que tenía que pasar. Siempre habrá una parte de nosotros, ya sea con nuestro pensamiento, con nuestra energía, con nuestra ilusión… aunque ni siquiera nos hayamos atrevido a contarlo. Siempre habrá una parte en la que estamos participando de lo que nos pasa. Luego están además, las “otras” circunstancias a las que somos ajenos. En las que generalmente poco o nada podemos hacer. Aunque no siempre es así... podemos quizás estar alertas, atentos, a lo que pasa a nuestro alrededor… sea bueno o malo, A lo interpretemos como positivo o negativo. Sea lo que sea, siempre podremos cambiar de dirección, el rumbo no importa, será el que hemos elegido y eso tendría que ser en principio suficiente. Después, pase lo que pase… seguiremos adelante y sobre todo, sobre todo “aceptaremos” esa parte del destino que irremediablemente se nos escapa de las manos. Y todo ello sin sentirnos culpables, vaya la cosa bien o mal, no siempre podemos decidir lo que nos pasará, de ahí la importancia de la aceptación. Una vez que “aceptas”, el entorno se transforma y como por arte de magia aparece una nueva pantalla… es en este caso, de nuevo el mismo mundo que antes. La diferencia es que lo “miramos” con otros ojos…