viernes, 21 de junio de 2013




Un jueves distinto…


Paco y Ana había salido aquél jueves, como tantos otros en los que él tenía fiesta.
Normalmente se dedicaban a compra y pasear por la mañana, por la tarde se quedaban en casa, mirando la tele, o bien en el ordenador. Así, iban dejando que pasaran las horas, de casi todos los jueves desde hacía casi veinte años.

Aquél jueves habían salido un poco antes de casa, tenían muchas cosas que hacer. Una de ellas, se salía de la rutina acostumbrada, era visitar a un psicólogo.  Era su  primera visita, a la psicóloga de parejas. Y en la lista de cosas pendientes, era el segundo punto que  tenían que hacer, ese día. A Paco, le gustaba hacer listas, listas con las cosas pendientes, listas con las cosas ya hechas y listas con lo que, en realidad, le gustaría estar haciendo,  en lugar de estar haciendo listas, o comprando en el “Alcampo” o visitando a una psicóloga.

Queda claro que la idea de ir a un psicólogo había sido de Ana, llevaba meses y meses diciéndoselo y repitiéndoselo y comentándoselo, al final… Paco, aceptó, aunque no de muy buena gana. Eso de remover historias pasadas y sobretodo sentimientos o emociones, no iban con él, para qué, se preguntaba.

Iban los dos muy callados, cada uno metido en sus pensamientos. Ana, seguramente pensando qué le diría a la psicóloga y Paco intentando acordarse qué fue, lo que no tachó de su última lista.  No pasaba nada, también era normal estar callados, muchas veces estaban así en casa y no pasaba nada. Pero, por alguna extraña razón, parecía que este silencio pesara más que otros días. Cuando quisieron darse cuenta, estaban ya en la pueta del gabinete de psicología. 

-Inés Martínez Lozano- -Aquí es!!- 

Exclamó, Ana, al tiempo que llamaba al timbre.

De pronto, se miraron un instante, como si quisieran decirse… algo, cuando en realidad, los dos sabían que no había mucho más por decir. O sí, pero mejor no hablar… Subieron al tercero, lentamente, el ascensor también parecía cansado, igual que ellos.  Seguían callados he intentando que sus ojos no se encontraran, aunque en el fondo lo deseaban.

Una hora después, salían de aquella misma puerta por la que habían entrado, un poco asustados, aunque cada uno a su manera. Y volvieron a entrar, de nuevo, en el viejo ascensor, que esta vez iba más deprisa.

Ana tenía muchas ganas de hablar, sentía que la psicóloga, tal vez por ser mujer, la había comprendido… quizás un poco. Al menos, eso era lo que deseaba creer.  Paco en cambio, estaba como ausente, como si acabaran de dejarlo en aquél ascensor, por arte de magia y se preguntaba una y otra vez, qué había pasado, qué estaba pasando, porqué me siento mal y sobre todo, porqué acepté ir a la psicóloga?
¿Qué hago aquí?  Intentaba recordar alguna de las frases que le había dicho aquella mujer, pero resultaba imposible, ni siquiera conseguía acordarse del nombre que dio al presentarse.  En realidad, lo único que quería era: llegar a casa, acostarse-despertarse y marcharse a trabajar con su taxi. Todo esto, por supuesto sin hablar, ni una sola palabra de nada.  Y menos, de emociones y sentimientos. Sentía que un nudo se le había puesto en el estómago, ¿o era en la garganta?

Ana, se dio cuenta de que no era el momento de hablar de nada y trato de volver a la normalidad de cualquier otro jueves. Pensando que ya tendría tiempo, al día siguiente de meditar sobre las palabras de la psicóloga, intentando ponerlas en orden dentro de su cabeza. El problema era cómo comentarlo con Paco y sobre todo, cuándo y en qué momento? 
Pensaba en eso, cuando se escucho a sí misma diciendo:
-Ahí, ahí esta la óptica!!-
El miércoles se le había roto un cristal, a las gafas de Paco y ya tenían previsto que él se hiciera, de paso, una revisión.

Paco se sentó en el sillón y trató de ponerse cómodo, adaptándose a él,  acercándose a la máquina donde el óptico le pedía que pusiera la frente.
Era un hombre joven, amable y aunque ya lo conocían de otras veces, a
Paco, cada vez que abría y cerraba los ojos, se le aparecía la psicóloga y empezó, a ponerse nervioso.

Miraba las letras e intentaba repetirlas, procurando fallar lo mínimo posible.


El óptico le iba cambiando los cristales, con una rapidez que a Paco le pareció excesiva. ¿Porqué no iba más despacio? Se preguntaba, mientras  deletreaba, letra por letra, de forma salteada o en línea según le pidiera y joven doctor.  De pronto, Paco, no entendía nada, las letras típicas, las que siempre había visto cuando visitaba la óptica, se convirtieron, en palabras… palabras que le habían estado rondando por la cabeza desde la hora de terapia y que parecía que habían traspasado su mente y ahora estaban en aquella pizarra iluminada: AMOR, SENTIMIENTO, COMPRENSIÓN, ATENCIÓN,  COMUNICACIÓN, DIÁLOGO, SOLEDAD, EMOCIÓN…



Pensaba que iba a desmayarse, todo le daba vueltas, incluso se preguntó si no estaría soñando, cuando el doctor puso el último cristal y Paco empezó a ver con claridad.
El doctor ya daba por terminada la prueba, cuando Paco se atrevió a decirle, un poco titubeante:
-Doctor, doctor, vera… es que la última línea no la veo, ni siquiera con los cristales que me acaba de poner!!
-La última línea, la última línea?-
-La última línea, no puede verse amigo, la última línea solo puede sentirse…-

Le dijo el doctor, dándole una palmadita en la espalda.

Madrid, 20 de Junio de 2013
FiloQ



No hay comentarios:

Publicar un comentario