Paco
y Ana había salido aquél jueves, como tantos otros en los que él tenía fiesta.
Normalmente
se dedicaban a compra y pasear por la mañana, por la tarde se quedaban en casa,
mirando la tele, o bien en el ordenador. Así, iban dejando que pasaran las
horas, de casi todos los jueves desde hacía casi veinte años.
Aquél
jueves habían salido un poco antes de casa, tenían muchas cosas que hacer. Una
de ellas, se salía de la rutina acostumbrada, era visitar a un psicólogo. Era su primera visita, a la psicóloga de parejas. Y
en la lista de cosas pendientes, era el segundo punto que tenían que hacer, ese día. A Paco, le gustaba
hacer listas, listas con las cosas pendientes, listas con las cosas ya hechas y
listas con lo que, en realidad, le gustaría estar haciendo, en lugar de estar haciendo listas, o comprando
en el “Alcampo” o visitando a una psicóloga.
Queda
claro que la idea de ir a un psicólogo había sido de Ana, llevaba meses y meses
diciéndoselo y repitiéndoselo y comentándoselo, al final… Paco, aceptó, aunque
no de muy buena gana. Eso de remover historias pasadas y sobretodo sentimientos
o emociones, no iban con él, para qué, se preguntaba.
Iban
los dos muy callados, cada uno metido en sus pensamientos. Ana, seguramente
pensando qué le diría a la psicóloga y Paco intentando acordarse qué fue, lo
que no tachó de su última lista. No
pasaba nada, también era normal estar callados, muchas veces estaban así en
casa y no pasaba nada. Pero, por alguna extraña razón, parecía que este
silencio pesara más que otros días. Cuando quisieron darse cuenta, estaban ya
en la pueta del gabinete de psicología.
-Inés
Martínez Lozano- -Aquí es!!-
Exclamó,
Ana, al tiempo que llamaba al timbre.
De
pronto, se miraron un instante, como si quisieran decirse… algo, cuando en
realidad, los dos sabían que no había mucho más por decir. O sí, pero mejor no
hablar… Subieron al tercero, lentamente, el ascensor también parecía cansado,
igual que ellos. Seguían callados he
intentando que sus ojos no se encontraran, aunque en el fondo lo deseaban.
Una
hora después, salían de aquella misma puerta por la que habían entrado, un poco
asustados, aunque cada uno a su manera. Y volvieron a entrar, de nuevo, en el
viejo ascensor, que esta vez iba más deprisa.
Ana
tenía muchas ganas de hablar, sentía que la psicóloga, tal vez por ser mujer,
la había comprendido… quizás un poco. Al menos, eso era lo que deseaba
creer. Paco en cambio, estaba como
ausente, como si acabaran de dejarlo en aquél ascensor, por arte de magia y se
preguntaba una y otra vez, qué había pasado, qué estaba pasando, porqué me
siento mal y sobre todo, porqué acepté ir a la psicóloga?
¿Qué
hago aquí? Intentaba recordar alguna de
las frases que le había dicho aquella mujer, pero resultaba imposible, ni
siquiera conseguía acordarse del nombre que dio al presentarse. En realidad, lo único que quería era: llegar
a casa, acostarse-despertarse y marcharse a trabajar con su taxi. Todo esto,
por supuesto sin hablar, ni una sola palabra de nada. Y menos, de emociones y sentimientos. Sentía
que un nudo se le había puesto en el estómago, ¿o era en la garganta?
Ana,
se dio cuenta de que no era el momento de hablar de nada y trato de volver a la
normalidad de cualquier otro jueves. Pensando que ya tendría tiempo, al día
siguiente de meditar sobre las palabras de la psicóloga, intentando ponerlas en
orden dentro de su cabeza. El problema era cómo comentarlo con Paco y sobre
todo, cuándo y en qué momento?
Pensaba
en eso, cuando se escucho a sí misma diciendo:
-Ahí,
ahí esta la óptica!!-
El
miércoles se le había roto un cristal, a las gafas de Paco y ya tenían previsto
que él se hiciera, de paso, una revisión.
Paco
se sentó en el sillón y trató de ponerse cómodo, adaptándose a él, acercándose a la máquina donde el óptico le
pedía que pusiera la frente.
Era
un hombre joven, amable y aunque ya lo conocían de otras veces, a
Paco,
cada vez que abría y cerraba los ojos, se le aparecía la psicóloga y empezó, a
ponerse nervioso.
Miraba
las letras e intentaba repetirlas, procurando fallar lo mínimo posible.
El
óptico le iba cambiando los cristales, con una rapidez que a Paco le pareció
excesiva. ¿Porqué no iba más despacio? Se preguntaba, mientras deletreaba, letra por letra, de forma
salteada o en línea según le pidiera y joven doctor. De pronto, Paco, no entendía nada, las letras
típicas, las que siempre había visto cuando visitaba la óptica, se
convirtieron, en palabras… palabras que le habían estado rondando por la cabeza
desde la hora de terapia y que parecía que habían traspasado su mente y ahora
estaban en aquella pizarra iluminada: AMOR, SENTIMIENTO, COMPRENSIÓN, ATENCIÓN, COMUNICACIÓN, DIÁLOGO, SOLEDAD, EMOCIÓN…
Pensaba
que iba a desmayarse, todo le daba vueltas, incluso se preguntó si no estaría
soñando, cuando el doctor puso el último cristal y Paco empezó a ver con
claridad.
El
doctor ya daba por terminada la prueba, cuando Paco se atrevió a decirle, un
poco titubeante:
-Doctor,
doctor, vera… es que la última línea no la veo, ni siquiera con los cristales
que me acaba de poner!!
-La
última línea, la última línea?-
-La
última línea, no puede verse amigo, la última línea solo puede sentirse…-
Le
dijo el doctor, dándole una palmadita en la espalda.
Madrid,
20 de Junio de 2013
FiloQ



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